Empecinado Programa


Soy de las personas que constantemente están instalando programas, algunas veces por imperiosa necesidad, otras por novedosa curiosidad.

Sin embargo luego del desencanto, o el aburrimiento, (lo que suceda primero) se me da por desinstalar los dichosos programas.

Al realizar las acciones arriba mencionadas, más de una vez me he llevado sorpresas desagradables: programas imposibles de borrar, carpetas misteriosas que no se quieren marchar y por ende ocupan precioso espacio en la atribulada máquina que tuvo la mala fortuna de encontrarme como indolente usuario final.

Probé con algunos programas, no son todos claro está, por lo que mi recomendación siguiente se ajusta a lo que por el momento me parece un buen programa: Revo Uninstaller.

Este programa, no sólo elimina el terco programa sino que además limpia eficientemente el registro y carpetas, que como para los profanos de la informática que es mi caso, en misteriosos lugares que ni siquiera sabía que existían.

Un trabajo eficiente, rápido y seguro. Como un adicional permite ver los programas que se inician ni bien despiertas a la entumecida computadora.

Otra ventaja es que se puede configurar al Español si todavía, por pereza o desgano, no le prestamos atención a un intricado idioma foráneo.

Por supuesto debe usarse con sabia prudencia y con un ápice de cordura, pues todos somos inocentes mientras no se demuestre lo contrario.

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añoranza dominguera


El reciente fin de semana, atendiendo consejos de mi médico de cabecera que sólo me atiborraba de extrañas pastillas de difíciles denominación para pronunciar (hubo una en especial que me dejó los nervios de punta hasta un estado de sensibilización espantosa, que mi hizo optar por dejar de tomarlas antes que la desesperación me embargara) visité a esos amigos entrañables con los que sabes que cuentas y por lo atribulado del trabajo no los puedes ver en un corriente día; con ese pretexto, aproveché cuando el domingo fenece y la densa oscuridad nos cubre para marchar en su búsqueda.

Al encontrarlos el diálogo desatado se centró en los amores perdidos, en esos amores contrariados, quizá común factor del cual nadie escapa muy bien librado.

Por supuesto el buen diálogo es un arte, en especial cuando se basa en los temas arriba mencionados. A veces espinosos y delicados, que sin embargo la confianza que la amistad entrañable otorga, le brinda un especial significado.

Lejos de ser anecdóticos, esas aventuras por así decirlo, de alguna manera encierran una gran enseñanza. Enseñanza que nos convierte en personas más sabias, más prudentes y más centradas.

Sin embargo, a veces, y sólo a veces, hay hechos en los cuales el raciocinio y la lógica no sirven para encontrarle una razón de ser. Quizá esos hechos mutan y se transforman en sucesos inexplicables en la que el destino como definición aunado a un atribulado corazón que se enreda en el tupiado de las posibilidades le da una matiz totalmente distinta a la que la lógica pretende explicar.

Lo mejor en esos casos, es no encerrarse en la negación, sino al contrario, aceptarlo. Reconocer que fue parte ineludible de nuestra vida, acontecimiento que marcó una época que por momentos añoramos y el tiempo inmisericorde no se llevará del todo. Y como un virus latente, aún habitará en los más oscuro de nuestro subconsciente, a la espera de un adecuado momento para brotar como flamante zarza misteriosa.

Asimilado esto, lo mejor es continuar, tomar un respiro y dejar que los muertos entierren a sus muertos.

Como bien lo define ese buen amigo “Que sucedan las cosas que deban de suceder”.

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Viernes para el olvido

El Viernes Santo era una fecha en la que su religioso significado servía de irrefutable pretexto para que las televisoras de señal abierta emitieran películas clásicas que recurrían de manera alguna a la figura histórica del Cristianismo para desarrollar a partir de ella, la trama que envolvía este tipo de súper producciones.

Sin duda la figura más representativa era la de Charlton Heston: Ben Hur, El Cid, Los Diez Mandamientos; películas (de las que recuerdo) pude disfrutar gracias a la coyuntura de la Semana Santa.

Año tras año, por estas similares fechas, volver a ver estas películas no hastiaba, al contrario remarcaban la idea de que los efectos especiales algunas veces entorpecen el desarrollo de la misma en detrimento del débil y desdichado argumento, confirmando que las películas de antaño era más consistentes (o al menos ese eso es lo que creo).

Con estas ideas rondando mi atribulada cabeza y acosado por la recuperación de un malestar que me tuvo en cama, decidí rememora mis infantiles días disfrutando de esta maravillosa maratón de películas clásicas dejando de lado el implacable sistema de cable.

Un rápido zapping por los diferentes canales por las usuales horas en las que se transmitían esas películas no hicieron más que confirmar que esa maravillosa programación era igual que mis recuerdos. Distantes y lejanas.

Al contrario, una serie de producciones de bajo presupuesto en la que los rápidos efectos de una computadora servían de soporte a la temática religiosa se emitían sin prejuicio alguno. Confirmando lo que no creía posible: el público peruano cada vez consume televisión basura.

No me quedó más que volver al sistema de cable, confirmando que los tiempos hace mucho que están cambiando.

Una lástima para las nuevas generaciones que no podrán disfrutar fácilmente de estas realizaciones, aniquilando cinéfilos potenciales, condenándolos de antemano a una programación pletórica de realities y escandaletes de personajes sin pena ni gloria que hacen oblicuos méritos por aferrarse a sus “cinco minutos de fama” como alguna vez predijera Warhol.

Una lástima.

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W


Oliver Stone es un director controversial, sus películas son trabajos muy bien logrados (me deslumbró su JFK, mención aparte son sus obras maestras: Pelotón y Wall Street).

Sus personajes son encarnados por una pléyade de reconocidos actores que pese a su brillo no decepcionan, al contrario la frase “dos soles no pueden brillar en un mismo cielo” no funciona para los trabajos de este 3 veces ganador del óscar.

Esa conjunción le da una solidez a sus obras, funcionando como un perfecto engranaje que saca adelante la producción, cosa distante en trabajos similares que fracasan por la cantidad de caras conocidas.

Luego de ver W (la vida de George W. Bush), me siento no muy complacido, en parte quizá a que no se puede ser controversial con un personaje que pasará a la historia como el peor presidente de la historia norteamericana (a menos claro está, que alguien logre superar ese triste calificativo en los venideros días).

Es hartamente conocida las decisiones que tuvo que tomar y que fueron acciones que contribuyeron con su mala fama. La invasión a Irak, justificado con los ataques del 11 de setiembre, llevaron a la concepción de un presidente que pareciera gobernar influenciado por consejeros que vieron grandes interese económicos en las toma de delicadas decisiones (¿encontraron armas de destrucción masiva en Irak?).

A lo mejor quizá por la premura de presentar un trabajo de un personaje “fresco”, por lo que las referencias históricas (llámese documentos) no son muy accesibles por lo novedoso del tema. Diametralmente opuesta por ejemplo a JFK, en el que el paso del tiempo enriqueció como una laberíntica historia, campo ideal para la controversial y cómo se dice “sacar roncha” con su estreno.

W, estrenada en los postreros días de la presidencia de Bush el joven, es un repaso por la vida de un hijo de un ex presidente, atormentado por la figura y legado paterno. Podemos ver sus disipados días, y cómo es que logra superar su adicción por la bebida. No queda de lado su idea mesiánica que tanto se criticó.

Lejos de ser controversial es el retrato ecuánime de un ser humano, vulgar en su comportamiento, enfrentando a demonios personales; afrontando la amenaza terrorista que supuso el 9/11 y que le obligó a tomar poderes más allá de los permitidos.

Claramente no es el mejor trabajo de Stone, sin embargo funciona para entender al ser humano antes de la figura histórica.

Noten la camaleónica transformación de Thandie Newton cómo Condoleezza Rice. Gestos bastantes verosímiles.

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